Claudio Meunier

No entendí nada, me sentí abrumado, la noche larga y eterna, buscando pequeños y antiguos bares, que dejaron la impronta del alcohol en las venas mientras las calles de Barcelona se abrían tendiendo sus manos. Fue el mejor momento para despejarse y organizar las ideas. La bebida espirituosa compañera del músico, del escritor, del melancólico, nos dedicó sus mejores espíritus. Al otro día mi cuerpo liberado de esa odiosa resaca, me dejó tan lúcido como para entender lo que estaba haciendo.

Estábamos con Alejandro en una misión, que no parecía serlo, era algo natural, cumplirle el deseo a una persona, volver a su tierra para descansar en paz. Habíamos cruzado días atrás por encima de todo Sudamérica, el océano atlántico, el áfrica, el desierto del Sahara. Tan normal para los tripulantes de un avión actual pero algo que hace 100 años era impensado. Ahora en doce horas y unas horas más de micro o bus llegaríamos a Andorra para comenzar a terminar esta historia. Fue un viaje de mucha vorágine y pronto me di cuenta que nos volvíamos. Alejandro llevaba a nuestro piloto “as” – los restos del RAF Group Captain Kenneth Langley Charney- a través de los controles del aeropuerto caminando con sus compañeros de vuelo, eran los cuatro pilotos y un quinto, ellos sin quererlo le tributaban un silencioso homenaje. No me interesa la cronología del viaje sino sostener ciertos momentos que son alimento para el alma, eternas sensaciones empíricas, dicen que cuando uno está por partir de esta vida, aparecen los acontecimientos más profundos y este era uno de esos momentos para atesorar en el corazón por siempre.
Quedé a la espera, en la cola con los pasajeros, al ingresar al avión e ir hacia mi asiento mi mente repitió la frase de Alejandro, “vamos a casa”. Podría  escribir que Alejandro lo decía como si le hablara a Ken, pero me equivocaría, porque Alejandro le hablaba con su “vamos a casa”. Mi cabeza retumbaba con su frase.
Jamás pude sentir que en aquel anónimo y olvidado nicho de un cementerio de Andorra, hubiera alguien sin vida. Lo habíamos sacado del frío del olvido y como un héroe griego, el fuego encendió la llama de la memoria, volvían los cinco años de guerra, volvía el “as”, en esa ceremonia de cremación, volvió a ser “el caballero negro de Malta”. Lo sentí al lado mío, lo sentí descansando como alguien que corre una larga carrera y necesita aliento para volver a salir o quizá una persona que permaneció mucho tiempo en el encierro. Ken Charney estaba más vivo que nunca.

Esa noche en el aeropuerto de El Prat en Barcelona ocurrió la magia, el vuelo del Airbus 340 (LV-CSD) de Aerolíneas Argentinas que se deslizaba suavemente a través de las calles de rodaje oscuras, quedando solo visible por las luces de posición. En la cabina los cuatro pilotos en un silencio absoluto intercambiaban datos necesarios para arribar a la cabecera y despegar. Un silencio poderoso tan aturdidor como el de las cuatro turbinas invadió la cabina. Alejandro me lo prometió, Ken viajaría en la cabina, a su lado y abandonaría Europa para siempre como debía serlo, rodeado de cuatro camaradas pilotos honrando su profesión. Cuando el Airbus ocupó la cabecera de la pista, imaginé a Ken Charney sentado en el cockpit, mirando los controles, mirando la noche, queriendo sentir el poder de esa nave. El comandante del vuelo, dijo que estaban autorizados a despegar, Alejandro soltó el tiempo de un reloj y tomó los comandos para el despegue. Sé que estaba concentrado pero su corazón estallaba de emoción. Luego de un estremecimiento inicial cuando los cuatro aceleradores fueron llevados a máximo poder, Alejandro pensó una vez más, “vamos a casa”, esa frase que me atribuló durante la mayoría del viaje y finalmente en ese momento fue tan sentida por mí que me volví parte de ese momento que estaba viviendo con Alejandro. Dejábamos Europa, dejábamos atrás la soledad y la tercera muerte, el olvido.

Luego de ese momento, mis sentimientos cambiaron, sentí como si hubiéramos hecho un rescate de un rehén y este agradecido se ahora se dedicaba a descansar sintiendo que estaba una vez más vivo.Todo no era otra cosa que su espíritu movilizado por nuestros pensamientos. Horas más tarde el Rió de la Plata estuvo a la vista, apoyé mi cabeza sobre el asiento miré por la ventana en silencio y sentí que esos largos once años estaban llegando a su final. Alejandro seguía en la cabina con Ken, dándole el respeto que merecía.

Ken Charney debe haber descubierto desde el cockpit, su río marrón y más al Sur su Bahía natal, el humo a tango, el empedrado mojado, el café con leche, su idioma.
En Ezeiza, había otros héroes, otros ases que lo estaban esperando. Aviadores veteranos de Malvinas se habían reunido en la madrugada para recibir a Ken y a la misión, como en esa vigilia de guerra repetida tantas veces, cuando se escuchaba llegar la escuadrilla de combate y sus compañeros en tierra contaban uno, dos …..a veces un tercero y pocas veces la escuadrilla completa.
Esa madrugada llegó Ken y estábamos todos…

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